“Editado y publicado en: https://www.pikaramagazine.com/2019/09/alardes-cantinera/”

El alarde la las fiestas de Irún y su ya habitual conflicto entre defensores de un desfile sólo de hombres y quienes reivindican uno que acoja por igual a hombres y mujeres, sacan a la luz la dificultad para hacer autocrítica sobre aquello que nos identifica como comunidad y como individuos. Y es que el triunfo del alarde mixto sobre el tradicional implicaría la deslegitimación de muchas formas de violencia, que aún hoy constituyen el esqueleto de nuestra sociedad. Pero ¿qué sigue sustentando el conflicto? 

      Para las personas que desconozcan el tema, el alarde es un desfile en el que se rememora la victoria de una batalla contra los franceses allá por el s. XVI. Tradicionalmente, los iruneses agrupados por barrios desfilaban tocando el txilibito (una especie de flauta), el tambor o simplemente sujetando una escopeta. Y a las mujeres solteras dentro de la veintena, se nos concedía el “privilegio” de poder ser elegidas entre otras mujeres para participar una única vez representando el papel de cantineras en la compañía de nuestro barrio, en un teatro anual al que todos los hombres del pueblo estaban invitados por cumplir la única condición de ser hombres.

      Cuando hace unos veinte años el creciente empoderamiento de la mujer se hacía ostensible y comenzamos a reivindicar nuestro derecho a participar en esta fiesta popular de manera igualitaria, gran parde de los iruneses e irunesas lo rechazaron argumentando lo de siempre, tradición. Y ¿para qué nos sirve cualquier tradición además de para unirnos como pueblo y recordarnos que trabajando juntas podemos llegar lejos? Pues no lo sé, pero la controversia ha sido mayor y ha trascendido más en el caso de Irún que en el de otros pueblos o ciudades, como es el ejemplo de la tamborrada de San Sebastián en la que hombres y mujeres participan por igual desde hace años. 

       En un conato de respetar los derechos de todas y todos, se crearon dos alardes: se dejó el tradicional (el desigual), y se creó uno nuevo en el que hombres y mujeres desfilan por igual a excepción de la cantinera que sigue siendo mujer. Sin embargo, la posibilidad de coexistencia de dos alardes, el hecho de que se autorice que un grupo de personas siga festejando la desigualdad y la opresión manteniendo el alarde tradicional, no hace sino legitimar esta condición.

Y ¿qué diferencia el alarde de Irún de otros desfiles populares? Pues bien, dejando de lado el tono partidista del que en ocasiones se tacha el conflicto, creo firmemente que la violencia ejercida sobre la mujer a través de su elección como cantinera determina un germen fundamental.

      Tradicionalmente, una mujer soltera mayor de 20 años y menor de 30 aproximadamente (dependiendo de la compañía), era elegida de entre todas las que se hubieran presentado por un grupo formado enteramente por hombres. Exhibiendo así la tradicional supremacía de un género sobre otro y tratando de retener la tradicional idea de la mujer como ciudadana de segunda.

Esto no ocurre en el alarde mixto, ya que no sólo no son únicamente hombres quienes eligen, sino que la cantinera es elegida por sorteo. Ni se considera a la mujer como ciudadana de segunda sujeta a la aprobación del hombre que la elige, ni fomenta la competición entre mujeres buscando esa aprobación masculina.

      Pero estas ideas, así como la de los hombres como defensores y facilitadores de protección (exhibida al no dejar a las mujeres desfilar como iguales), forman parte de los valores esenciales de una sociedad machista y es por ello que el alarde no representa sino una extensión de las dificultades sociales por las que las mujeres atravesamos para recuperar nuestros derechos naturales. Y no debería permitirse, por lo tanto, que este conflicto fuera considerado como un caso aparte, como si tratándose de un festejo la opresión y la desigualdad fueran menos reales o menos importantes.

      Si lo que realmente hacemos es representar mediante un teatro inventado algo que sucedió de otra manera, hombres y mujeres tienen el mismo derecho a representar el papel con el que se sientan más identificados e identificadas en la sociedad actual que, gracias a muchos años de lucha, es ahora un poco menos injusta. Y con esto dejo claro, que defiendo abiertamente que los hombres puedan presentarse y ser elegidos (por sorteo) como cantineros.

Las tradiciones nos muestran quienes hemos sido hasta ahora, pero a partir del momento en el que otras realidades más justas son identificadas como posibles, es nuestra responsabilidad trabajar para mejorar nuestro sistema social y hacer que las generaciones futuras se sientan orgullosas.

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